Plebiscito: ¿debería negociarse con los cristianos?

A dos semanas del plebiscito nacional del 2 de octubre, con el que los colombianos decidirán si están de acuerdo con los acuerdos de paz de la Habana entre el Gobierno y las FARC, la revista Semana publicó un artículo analizando la importancia de la comunidad evangélica (es decir, las diferentes denominaciones cristianas no católicas) en la actual coyuntura política. Con más de 10 millones de personas, movilizarlos a favor del Sí o del No en el plebiscito se ha convertido en la estrategia de ambos lados del debate. Y parece que se hace inevitable analizar esto. Sé que la entrada probablemente no será agradable para todo el mundo, pero yo no estoy ofreciendo una respuesta fija e incuestionable: sólo presentado mis observaciones y reflexiones al respecto.

Para el que aún no lo sepa, dejo claro que mi voto es por el Sí. No es el mejor acuerdo que se podía tener, es cierto, pero la verdad es que a estas alturas del juego, pretender que si se rechazan los acuerdos no ocurrirá gran cosa es impresionantemente ridículo. Después de poco más de cinco décadas de guerra, un acuerdo de cese de armas con uno de los grupos armados al margen de la ley en Colombia, quizás el más fuerte entre ellos, es un respiro de aire fresco. Nadie dice que no puedan ocurrir sinsabores en un futuro, pero vale la pena intentarlo.

También debo dejar claro que aborrezco el coqueteo del Estado con la religión. Siendo Colombia un estado laico, aún tiene una importante influencia de la Iglesia Católica, y deja que sus funcionarios tomen decisiones que corresponden más con sus creencias personales que con sus deberes constitucionales (por ejemplo, el caso de Alejandro Ordóñez). Y no es sorpresivo que en plena campaña del plebiscito, las fuerzas contrarias intenten apelar a las creencias personales de las denominaciones protestantes para sumar votos. Y la verdad es que, hasta cierto punto, me da igual eso.

No incluyo en la reflexión a los católicos porque su religión se ha fundido tanto con la cotidianidad que, a menos que se trate de una persona muy rancia, buena parte del católico de a pie es sorpresivamente secular, cosa que en los protestantes es mucho menos frecuente.

Antes de cualquier regaño, le recuerdo que soy más bien un cínico político: el proceso de la votación, de lamerle las botas al electorado, es realmente ridículo en general en el país, y no vale mucho la pena romperse la cabeza por él. Por otro lado, tiendo a ser una persona más pragmática que ética en muchos asuntos, y en ocasiones la política es uno. Y comprendo perfectamente las razones del gobierno o de la oposición para pedir cacao a los cristianos. Tenga paciencia y lea hasta el final.

¿Si me parece desagradable? ¡Por supuesto! Ningún político debería tener que recurrir a las creencias personales de su electorado, puesto que eso es jugar con la subjetividad de la gente. No obstante, es obvio que los cristianos ahora mismo son una fuerza importante en las votaciones, y al gobierno no le conviene tenerlos en su contra, especialmente cuando ya algunas fuerzas que apoyan el No están usando la cuestión de la “ideología de género” para captar votos. Desgraciadamente, en una república como la nuestra se debe buscar a esta gente, porque su impacto en un tema tan importante como los acuerdos de paz es innegable, y es un asunto prácticamente inevitable. Muchas veces, las cosas no son como deberían ser, sino simplemente como son, y la política es inherentemente sucia. Eso no impide, claro, que uno busque que las cosas cambien hasta el punto donde deberían ser.

Sí, durante las elecciones regionales yo rechacé votar por Rafa Martínez porque, entre otras cosas, el gobierno de Caicedo invirtió en eventos cristianos, y por Rubén Jiménez porque era un candidato claramente cristiano, y además del Partido Conservador. Sin embargo, en esa ocasión mencioné que mi principal problema con Martínez era su estilo de campaña y el asunto de la restauración de las avenidas (a propósito, nunca pusieron los árboles en los separadores), y que el mayor temor con Jiménez era que su familia pretendiera tomar el cacicazgo político que han ido perdiendo los Vives y los Diazgranados. La verdad es que el laicismo no es un tema tan prioritario cuando observo por quién voy a votar (aunque sí me fijo en las propuestas sobre temas afectados por visiones conservadoras, como los derechos LGBTI, el aborto o la legalización), y generalmente no me parece tan escandaloso (salvo que se use la creencia religiosa o no de un candidato para ataques en campaña), aunque sí algo muy politiquero. Y de todos modos, si un candidato pacta un acuerdo con un grupo religioso, bien puede hacer lo que hacen siempre los gobiernos si llega a presidente: desentenderse de ello. Después de todo, por ejemplo, a Santos sólo le quedan dos años en el gobierno, y no es como si se pudiera revertir tan fácilmente lo que se decida en el plebiscito.

Sin embargo, la realidad jamás es tan simple, y hay temas inmediatos con intervención religiosa que pueden beneficiarse con la campaña del Plebiscito. Como sabemos, esta semana se aprobó en la Comisión Primera del Senado el controvertido referendo propuesto por la senadora “liberal” Viviane Morales contra la adopción igualitaria. Los que conocen este blog saben que yo considero ese proyecto como algo increíblemente discriminatorio y absurdo. Los argumentos que ha usado ya han sido altamente cuestionados e incluso rebatidos, y es sumamente enervante que muchas personas hayan apoyado una idea tan nefasta por ignorancia o estupidez (no son palabras gratuitas: si usted no sabe sobre el tema del que opina, está siendo ignorante; si sabe y a pesar de ello ignora la evidencia al respecto, está siendo estúpido). No son todos, pero el pretender que un pueblo que desconoce o ignora la evidencia sobre un tema tan complicado sea el que decida si una minoría debe o no estar en igualdad de condiciones es irresponsable.

En dos semanas, el proyecto pasará a la plenaria del Senado, y necesita 50 votos de los 102 de esta institución. Veo con mucho temor que, dada la importancia que está teniendo el voto cristiano en este tema del plebiscito, hay una buena probabilidad de que se apruebe un referendo antidemocrático como este. Es cierto que, de superar la Cámara de Representantes, es muy probable que se hunda en la Corte Constitucional, pues ellos no son conocidos por revertir sentencias, pero es sumamente deprimente que se le dé aire a la propuesta de Morales sólo por no incurrir en la ira de los protestantes recalcitrantes durante el plebiscito del 2 de octubre. No es que todo el Senado sea del gobierno de Santos, pero para el colombiano promedio, que no entiende esto, y además con la nueva ocurrencia zoquete de que hay un lobby gay en el Estado, puede interpretarse de esa forma. Y por mucho que mi criterio ante la campaña del Sí sea pragmático, mis convicciones me hacen enfrentarme a cualquier propuesta que pretenda mantener a un sector de la sociedad como ciudadanos de segunda clase.

Y no me digan los lectores creyentes que el referendo que propone Morales es una propuesta democrática, porque no lo es. Ya he escrito antes al respecto: la democracia es mucho más que permitir que la gente vote. Esa es una concepción muy mediocre. Si un país permite que una mayoría poco letrada decida mutilar las condiciones sociales de una minoría históricamente oprimida, entonces ese país no está siendo democrático, puesto que uno de los deberes de un Estado es que sus individuos gocen de los mismos derechos y oportunidades en general. La propuesta de Morales pretende que se acepte constitucionalmente como familia únicamente a la pareja de hombre y mujer, concepto que cuando mucho sólo la mitad de la sociedad colombiana cumple a cabalidad. ¿Vamos a pisotear a todas las demás familias, y a todos los que están en capacidad de ser familia, por una visión teocrática de la sociedad que además no debería tener cabida en un estado laico? ¿Valdría la pena ese sacrificio, alcanzar la paz con un grupo a cambio de dejar atropellar a minorías maltratadas?

Así termina esta entrada. Como dije al principio, lo que he hecho es presentar algunas reflexiones al respeto. Por si hay dudas, mi respuesta a apelar emocionalmente o negociar con la comunidad cristiana es negativa. En parte, a mí me importa un pito si el gobierno apela a las creencias personales de la gente para ganar votos por el Sí, pero no se puede ser tan indiferente si esto resulta siendo a costa de los derechos de otras personas. Por más que uno quiera ser cínico pragmático, la realidad es que involucrarse con los grupos cristianos siempre es un juego sucio donde al final alguien se mancha, y es peligroso que decisiones constitucionales y democráticas puedan ser las que reciban la tinta. Confío en que, sea en el Senado o en la Corte, el referendo de Morales se hunda, pero no hay que dormirse. Y confío en que los colombianos sepan tomar la decisión correcta o, para algunos, el menor de los males en el plebiscito.

Al final, parece que sí va a tener mucho de religiosidad la votación del 2 de octubre, pues será un enfrentamiento para ver cuál de los dos conceptos cristianos puede prevalecer: el odio o el perdón.

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