martes, 25 de julio de 2017

Unas reflexiones sobre el suicidio

Como muchos de los de mi generación, los que nos hicimos adolescentes durante la década de los 2000, Linkin Park fue una de las bandas con las que crecí, y podría decir que mi favorita en lo que a su género respecta. Tengo muchos buenos recuerdos asociados a sus canciones. Poco me importa ese debate fastidioso de los metaleros de si es o no una banda de metal, o si su música fue perdiendo calidad con los años a través de la experimentación con su sonido: hay que reconocer que es una banda con una importante influencia en la cultura juvenil del nuevo milenio.

Es por ello que me llené de nostalgia y, quizás, cierta dosis de tristeza cuando me enteré que el vocalista principal, Chester Bennington, se quitó la vida a los 41 años el pasado 20 de julio. Miles de personas alrededor del mundo lamentan el deceso de uno de los mejores cantantes que dio la música rock en el nuevo milenio, y decenas de músicos han compartido igualmente su dolor. Lo más triste de todo es que, hasta ahora, no se sabe qué impulsó a Chester a suicidarse, ni cómo se pudo ayudarlo.


Para mí, la muerte de un músico de mi adolescencia me impulsa a hablar de un tema que siempre es espinoso de tocar, tanto para creyentes como ateos, quizás porque es una acción a la que nadie espera que una persona en su sano juicio pueda llegar: el suicidio. ¿Podemos desglosar adecuadamente esta situación?

No voy a tratar aquí el tema de la eutanasia o el suicidio asistido, pues una persona que se encuentra con una condición física o neurológica que deteriora su salud al punto en que es incompatible por la vida es un estado muy doloroso, y pretender que prolongue su agonía es una falta de juicio impresionante.

Por supuesto, la mayoría de los argumentos en contra del suicidio vienen desde la perspectiva de la religión, dado que la vida es un don de los dioses, y sólo a ellos les corresponde darle fin. En nuestra cultura “occidental”, es prominente la postura crítica del cristianismo en general al suicidio, y aunque la Biblia no lo prohíbe expresamente, son obvias las implicaciones al respecto, además que los pocos suicidas que aparecen en el “buen libro” (Saúl, Sansón, Judas Iscariote y podríamos incluir al machista Abimelec) no son precisamente personas virtuosas (sí, incluso Sansón).

Sin embargo, la oposición al suicidio no significa que todos los creyentes se ciñan al respecto, ni que exista cierta gimnasia cultural con el tema. Por ejemplo, si bien el judaísmo es reiterativo en aprovechar la vida, a lo largo de la historia los judíos han cometido suicidio masivo en ciertas ocasiones, como el ocurrido en el siglo XII en York Castle, y el supuesto suicidio colectivo en Masada en el primer siglo (aunque este último está disputado). De manera similar, aunque el islam también prohíbe el suicidio, y a diferencia del cristianismo está claramente escrito en el Corán, entre los extremistas de esta religión se cuentan muchos terroristas suicidas, dado que al creerse en una jihad, guerra santa, cualquier acción tomada contra los infieles (y que casi siempre incluye a los mismos musulmanes) es simplemente un acto de guerra que será recompensado en el paraíso. Y en el hinduismo, si no tienes responsabilidades que te aten a este mundo, matarse de hambre es una opción, aunque en condiciones muy específicas.

Factores sociales, culturales e incluso políticos también influyen en la percepción del suicidio. Entre los samurái, una forma de mantener el honor al ser derrotado en combate era el seppuku (conocido por aquí con el despectivo término harakiri), un suicidio ritual con toda una parafernalia involucrada. De hecho, para muchos personajes históricos, el suicido era una práctica común después de una derrota, o para evitar ser capturado y ultrajado por el enemigo. Igualmente, en la Edad Media era común en India el sati, un ritual de suicidio (más bien un homicidio obligado) donde una vida se inmolaba en vida con el cuerpo de su difunto esposo. Y en Vietnam, en 1963, las autoinmolaciones tomaron un giro político cuando el monje budista Thích Quảng Đức, hoy convertido en bodhisattva por los creyentes a pesar de la postura del budismo contra el suicidio, se prendió fuego hasta la muerte en Saigon como protesta contra la persecución de budistas por el régimen imperante en Vietman del Sur. De ahí que este acto sea conocido ahora como “quemarse a lo bonzo”. ¿Y cómo olvidar a los kamikaze en la Segunda Guerra Mundial?


Filosóficamente, existen muchos debates sobre la moralidad del suicidio, y si es racional o no que una persona decida terminar con su propia vida. Dejando de lado por obvias razones la filosofía cristiana, hay planteamientos tanto a favor como en contra de los deseos personales del suicida, especialmente sobre si es pertinente forzar las nociones propias sobre la vida en alguien que desea terminar con su sufrimiento. Para considerar qué argumentaban filósofos nada religiosos, entendiendo que de cualquier extremo en la creencia están ambas posturas, Kant decía, por ejemplo, que la humanidad es un fin en sí mismo, mientras que el acto suicida convierte al individuo en un medio para un fin, y una persona no debe ser usada como un medio en sí mismo, lo que convierte el suicidio en una acción sin ética. Por otro lado, Hume argumentaba que, si creemos que el suicidio es una afrenta contra Dios, también debería serlo salvar a una persona que va a morir (por ejemplo, la profesión médica), y que en ocasiones el suicidio puede ser la mejor opción, aunque nunca debe ser tomada a menos que se hayan contemplado todas las demás: es decir, el suicidio debe ser siempre la última salida.

Todo esto es un debate muy florido, pero quizás incomprensible para muchos, en especial los suicidas y sus familias. Hoy en día muchos ven con recelo tal acción no tanto por las connotaciones éticas y religiosas, sino porque no son pocas las personas que se lastiman a sí mismas por llamar la atención, y tristemente el suicidio termina, en muchos casos, siendo una acción semejante, en especial cuando se hace en público. Sólo por mencionar un caso, están las reacciones bastante crueles (aunque comprensibles hasta cierto punto) ante el suicidio de una chica mexicana que publicó en Facebook una foto momentos antes de quitarse la vida.

Una reacción que causó mucha controversia con el caso de Chester Bennington fue la del guitarrista de Korn, Brian Head Welch, quien lamentó el camino que tomó el cantante, pero expresó que había sido un acto de cobardía y un muy mal mensaje no sólo para sus familiares, sino también para los millones de seguidores que tenía (Welch es cristiano renacido, lo que quizás explique un poco la falta de tacto). ¿Y saben algo? Aunque es triste, tiene razón. Sin embargo, debe recordarse que una persona con depresión crónica o problemas emocionales muy fuertes difícilmente está pensando de forma muy racional como para considerar seriamente los motivos, consecuencias y necesidad de sus acciones.

Eso me lleva ahora a mis propias percepciones sobre el suicidio. Si bien soy una persona con muchos episodios depresivos, nunca me he visto en un estado depresivo tan grave, y jamás he considerado el suicidio siquiera como opción. De hecho, en bachillerato una vez debatí con unos amigos sobre si podía considerarse como un acto de cobardía o de valentía. Entre todos, llegamos a la conclusión de que parece ser ambas cosas: se necesita mucho valor para hacerse daño de forma tal que pueda terminarse con la vida propia, pero a la vez es muy cobarde evitar luchar contra los problemas que estamos afrontando.

Yo respeto que el suicida tome esa decisión, pero no puedo respetar la decisión en sí misma. No puedo saber qué pensaba Chester en esos momentos en que decidió terminar con su vida, especialmente teniendo en cuenta que quizás pasaba por una crisis emocional tal que le impedía pensar racionalmente en el asunto. Pero, depresión o no, no veo el suicidio como una salida opcional para ese tipo de crisis. No tuvo en cuenta a sus familiares, a sus amigos, ni el impacto que su muerte tendría en sus allegados. Y es que el suicida, al final, termina escapando de la vida, pero en el proceso lesiona la de los demás. No es que se deba forzar a una persona a seguir en este mundo simplemente porque otros quiere, pero creo que de haberse puesto en el lugar de las personas que lo rodeaban, quizás habría buscado una ayuda.

De nuevo, una persona con problemas depresivos no es alguien que pueda pensar y razonar con claridad, porque su enfermedad definitivamente se lo impide. Pero no puedo considerar que una condición emocional, aunque sea un trastorno, sea un argumento válido para justificar el suicidio. Si Chester hubiera sufrido de alguna enfermedad terminal o incurable, aún vería problemas en su decisión, pero al menos podría comprender el por qué tomar semejante camino, sólo reprochando que ya existen formas médicas e indoloras de terminar con nuestra vida por las que podría haber optado.

Siento que la entrada es algo sombría, y que tal vez he divagado mucho sobre el tema. Tal vez no he dado una respuesta definitiva sobre mi postura ante el suicidio, especialmente porque es difícil analizar de forma objetiva si una condición emocional puede ser suficiente para justificarlo. Lamento mucho que Chester Bennington haya decidido que ya no podía continuar en este mundo, y espero que su familia y los miembros de Linkin Park puedan quedarse con todas las experiencias, los grandes momentos que compartieron con él. Yo me quedo con un músico que representó una etapa de crecimiento en mi vida.

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